-¿Mamá?¿ mamáaa?! mamá por favor abre la puerta! Venga mamá se que estás ahí. Por favor. ¿mamáa? ¡¡mamáaa por favor hazme caso!!-Peto fuerte la puerta- ¿Mamá?!¿¡ mamááaaa!? -Suspiro. Cojo aire- ¡Papááaaaaa! ¿¡Papáaa!? Papá por favor abre la puerta. ¿Alguien me escucha? ¡Por favor...! -Lloro. Gotas de tristeza se deslizan por mi rostro. Es inevitable. -¡¡Qué alguien me abra la puerta!! -peto fuerte en ella. Una vez más. -Mamá, tengo frío. Aquí en la calle hace frío. Sé que estáis ahí. Por favor, quiero volver a casa. ¡Por favor..! -
Me voy dejando caer sobre la puerta hasta que toco el suelo helado. Tiemblo de frío, de soledad, de tristeza, de angustia, de agonía. Da igual por lo que tiemble. Nadie abre la puerta. Un abismo se abre en mi corazón, balas penetran en mi cuerpo. Mi respiración acelera. Apresurado a la muerte. Muerte que llegaría más temprano de lo esperado, más temprano que cualquier nuevo estampado.
En ese momento, te das cuenta que nada vale la pena. Te esfuerzas para satisfacer a quienes te rodean, terminas la universidad, caminas recto como si nada se te perdiera atrás, trabajas horas para un misero sueldo que se va en la primera semana del mes, terminas agotada los fines de semana, y tus hijos te piden dinero para salir, te piden que le arregles la ropa, que se la laves, que friegues, que limpies, que los lleves a algún lugar, que te comportes de cierta manera porque sus amigos vienen a casa, que si te tienes que callar para no abochornarlos, que mientas a los profesores porque tu hijo no ha preparado bien el examen...
Llega un momento en el que gritas BASTA. Basta de ordenes, de apariencias, de engaños, de silencios, de maltratos. BASTA. Y antes de verte en el espejo, soportas cada día al cabrón de tu jefe, a los locos de tus hijos, al despistado de tu marido, a los insoportables suegros o a tus propios padres que te dicen que no haces nada bien; gritas BASTA. Y la oportunidad se acerca, es la muerte. Pero tú no vas a morir, muere tu alma por no vivir. Muere desconsoladamente. De repente eres un cuerpo sin alma, sin sentido, sin amor. Tus ojos verdes se vuelven negros, tu piel cálida se vuelve fría, ya no es suave, ya no es bonita. Y tu vida ya no es tu vida. Decides morir aún estando viva. Agotada, te sientas en la mecedora pensando que la vida que has vivido y lo que te toca por vivir es para gente fuerte. No hay marcha atrás. Eres muy débil. Piensas que debiste hacer lo que te apeteciera, y que en cada paso que dieras intentaras volar. Tarde. Ya es muy tarde. Empiezas a quemar los recuerdos, en tus ojos se reflejan las llamas que todo lo estropean, que convierten todo en cenizas. Tan sólo eres un cuerpo que sufre por la vida. Y mientras, te conviertes en fuego, sientes el calor. Y crees haber vuelto a la vida de nuevo, pero sientes que todo se esfuma y tu misma te marchitas. Hasta que nada queda en el aire. Hasta que mueres esperando ser alguien.
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