sábado, 16 de noviembre de 2013

Un nuevo comienzo

Sentiste cómo de tus manos se iba, a penas sin tocarte. Como una extraña molestia, como si algo dentro de ti se estuviera rompiendo cual cristal cuando estalla. Pudiste apreciar cómo esos pequeños cachos iban derramando sangre por tu cuerpo.
Todas las palabras que te dijo, su mirada furiosa al mirarte, los gritos que estremecían tu corazón, todo aquello que hacía que necesitaras irte de allí o que tal vez se fuera él. En esos momentos no parecía la persona de la cual te enamoraste locamente, de los pies a la cabeza. Desde su pequeña virtud a su mayor defecto. Parecía que te odiaba, quizás no tanto, pero sí que no te soportaba y en ese momento, te aborrecía. Y entonces, vuelves a casa. Cierras la puerta y sientes un gran silencio. Pero tus oídos aún retumban todo lo que dijo. Te vas directa a la habitación y lloras en la cama contemplando la foto que hace dos años os sacasteis en aquel lugar donde declaraste tu amor.
Pasan los días, y a cada noche que pasa, le escribes una carta. La cual, nunca te atreves a enviar. Una carta en la que expresas como te sientes, como van evolucionando tus pensamientos, como pasas de estar triste a enfurecida, de echarle de menos a que todo te de igual. Una mezcla de sensaciones porque el tiempo pasa y, sigue sin sonar el teléfono. Sientes que le estás perdiendo. Sientes que te pierdes tu misma de tantas vueltas a la cabeza que le das al asunto. No puedes evitarlo, porque él forma parte de tu vida, y después de todo, perderlo sería como sentir que realmente nada en tu vida a cambiado, que todo sigue igual de desastroso y triste. A lo largo del tiempo, te manda un simple mensaje. Algo así de que te echa de menos. Decides regresar a su lado, entregarle las cartas que le escribiste durante esa etapa y posarte sobre su hombro. Y de repente, sin previo aviso, después de que todo se calmara, vuelve. Vuelve como tormenta en el desierto, como puñal en tu corazón. Tus ojos fueron testigos de como él estuvo un tiempo jugando con el fuego de otra, y donde hay una llama, hay alguien destinado a salir quemado.
Entonces es ahí cuando te sientes realmente perdida y en med de echarte a llorar, una extraña sonrisa se reconoce en tu rostro. Tú corazón está frío, tanto que no sientes ni lastima por ti. Decides continuar porque ya no te duele, piensas que ha sido cosa del destino y eso te ha tranquilizado. Algo mejor está por llegar.

Y llega el otoño, las hojas se oscurecen, caen. Llega el viento que, como una ráfaga, te deja sin respiración. En ese momento tienes que dirigirte hacia otro lado para coger aire de nuevo. Empiezas a caminar por una senda, ves que a tu alrededor son todo hojas caídas llenas de color, y a pesar de ello, se ve precioso. Se ve reluciente. El viento sacude tu cabello, eriza los pelos de tu piel, y la luz del sol da brillo al color de tus ojos. Te das cuenta, llegas a reconocer, que es el comienzo de algo mejor. Que lo pasado, es pasado.

Ya  nada  puede impedir jugar a cruzar miradas. Habrá sonrisas embobadas, despistes estúpidos, caídas tontas,  roce de manos con personas que desconoces, llegarás tarde y encontrarás callejones sin salida. No importa. Ya nadie impedirá errores, preguntas arrogantes, descuidos personales, mentiras inoportunas, partidas solitarias, situaciones ilusas, palabras retóricas y zapatos horteras. Nada importa. Siempre llegaré a casa con la mente ocupada en "como sería si... y si no fuera de esta forma..."
Ahora soy quien soy. Solo importo yo. Venga, por una vez, solo yo. Haz lo que te plazca. No des explicaciones. Nadie es quién para manejar tu vida. -Pensamientos alocados se consumían cual calada a un pitillo, desvaneciéndose como el humo que termina por desaparecer, hasta que solo queda el filtro de éste-.
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