Tendía a cerrar los ojos cada vez que sus manos rozaban con las mías, tendía a besar y añorar el recuerdo que nunca ha existido. Cada noche, con cada estrella, alumbrando en la más intensa oscuridad, lograban dar esperanza a mi consuelo por su ausencia. Mirando al cielo me pasé el verano, mirando al cielo, suspiré. Quería tenerlo entre mis brazos y sentirlo mío, y mas quería no sufrir por un amor no vivido. Pero hoy se hace inevitable echar de menos lo que no ha sido mío, inevitable el dolor de aquel amor no vivido.
Contenía el llanto y enmascaraba aquellos ojos tristes que solían mirarte. Contuve las ganas de besarte, de llamarte y, contarte quien fuiste para mi. Y yo, yo quise olvidarte. Quise no quererte y mas quise abrazarte.
Y... llegó la desesperación, no salías de mi cabeza y tampoco de mi corazón. Traté de liberarme de ti pero acabé sumiéndome en lo más profundo de aquel sueño. Y tan anclada estaba a aquello que no fui capaz de despertarme. Y fue así como la muerte fue la única capaz de concederme el olvido. Un olvido absoluto, quedándome en nada, en vacío... en muerte.
