domingo, 28 de julio de 2013

Tú y la luna.

Caminas por el borde de una carretera sin conocer su paradero, a dónde te llevará ese camino. La luz de la luna es la única que te alumbra entre tanta oscuridad. Por esa travesía, tu mente da vueltas. Parece que es tu mente quien está perdida y no tú. En realidad no quieres volver al lugar de donde vienes, quieres alejarte lo máximo posible. Escuchas las voces en tu cabeza que quieren hablarte y tú solo quieres hacerlas callar. Añoras el silencio que nunca tuviste en ella. Puede ser que lo único semejante que llegues a tener sea el vacío que hay en tu corazón. Por eso, tus lágrimas van dejando huellas en tu rostro a medida que te alejas. Quisiste intentar entender porqué la vida sigue sin ti. Un porqué de que no hay nada casual. Porqué todo cambia de un momento a otro y nada permanece constante. Y las personas somos las menos constantes, somos las que más cambiamos de opinión. Y a ti te aterroriza la idea. La idea de que alguien pueda cambiar, que sea otra persona quien se aleje de ti, que te diga adiós, o mucho peor, que no te diga absolutamente nada al marchar.
Quisiera entender, y en el fondo sé, porqué te vas. Y es que quieres dejar todo atrás, supongo. Quieres evadirte de la realidad. Quieres espacio. Soledad. 
Llega un momento que tus piernas se debilitan y tiemblan. Crees que es hora de hacer un descanso y te adentras en la explanada escuchando a los grillos cantar; enciendes un cigarro y mientras lo consumes, te tumbas sobre la hierba. A cada calada que le das, una voz se consume dentro de ti. Quisieras parar esta locura. Empezar de cero. Ser diferente. Siquiera, quererte un poco. Pero no puedes, todo a tu alrededor te separa de ello. Te sientes incomoda contigo misma, no sabes lo que buscas, porqué estás ahí en ese momento, qué te lleva a apartarte por completo. Y otra voz en tu mente te dice "Sigue. Sigue. Sigue" Como palpito de tu corazón. Te planteas si a esa voz debes hacerla callar o quizás escucharla y seguir. En ese instante recuerdas que quieres silencio, y tu boca besa de nuevo el filtro del cigarro que te estás fumando, inhalas su sustancia cerrando los ojos, y contemplas la luna. Tan grande, tan bonita, y está sola. Como tú. Sola y aislada de todo.
Ese cigarro se ha hecho ceniza. Pudiste consumir tantas voces que te hacían enloquecer, así que te levantas y echas a correr. Sientes como tu pulso acelera, como se te empañan las gafas, como cada gota de sudor se desparrama por tu espalda, recorriendo tu piel lleno de lunares que guían a lugares intocables. Sientes calor en una noche tan fría. Te cansaste de correr por lo que empiezas a bajar el ritmo, suspirar hondo. Sigues caminando, despacio,con las manos sobre la cabeza agarrando fuerte tu cabello, pensando en que no sabes qué hacer. No sabes donde esconderte. En ese instante, miras al cielo y pasa una estrella fugaz. -Tengo que pedir un deseo- piensas. De modo que cierras los ojos, y con todas tus fuerzas pides un deseo. Al cabo de 10 minutos sigues quieta mirando a tu alrededor para ver una señal. Pero en cambio, nada que deseaste sucede. Y, casi sin darte cuenta, fugazmente como aquella estrella, empieza a llover. Como algo imparable, como cuando corrías sin intención de frenar. En tan solo unos minutos tu camiseta empieza a transparentarse, reflejando a la luz de la luna  tus pezones erectos, como los pelos de tus brazos se erizan y tus dientes castañetean.

Buscas a lo lejos un sitio donde poder taparte. Entonces, vuelven las voces en tu cabeza como tormenta, como balas que te penetran fuerte tu vientre, como alguien que te arrancó el corazón. O al menos, es así como lo vives. No eres consciente de la verdad de la vida, de que trata, qué papel desarrollas en ella. Te arrepientes de tantas cosas, de decisiones dolorosas y, piensas que ya nadie más sufrirá por ti. Tú en ningún momento quisiste que tu día a día fuera así y lastimar a las personas que se ofrecen a compartir su tiempo y amor contigo te hacen pensar que quizás en otra vida sí; pero ahora es momento de tomar tu única decisión que te llevará a lo más oscuro que hayas visto, el fin de la vida. Por ese motivo, sales de la carretera. Entras en el bosque escuchando como a tu paso las hojas caen, como los palos tirados rompen al caminar. Tras andar un par de kilómetros, encuentras un precioso lago. Un lago grande, oscuro, rodeado de árboles enormes que no dejaban mostrar su belleza. Y ahí estaba otra vez la luna, tan brillante como siempre, tan sola...
Entonces,  vagas lentamente descalza, arrastrando un pie tras otro y a su misma vez, te fuiste desnudando.
Quitando prenda a prenda hasta llegar a la orilla del lago. Una vez allí empiezas a sumergirte con cierta mirada perdida y tan entristecida que si miraras el reflejo del agua, sentirías pena por ti misma. -Ya es hora de terminar con esto-piensas mientras el agua te va cubriendo poco a poco tu cuerpo casi tan frío como la muerte que estás a punto de alcanzar. Hasta que la alcanzas, entonces ya no sientes absolutamente nada. Tu cuerpo y alma se sumergen en aquel lago, y ya ni la luna puede alumbrar tu más profunda pena.



viernes, 19 de julio de 2013

El cambio.

En cada silencio se esconde un secreto. Todos tenemos secretos, unos más simples que otros, más importantes o menos llevaderos. Hay de los que te interrumpen los sueños, de los que ocultas a toda costa, de los que no te atreviste a decir o de los que no pudiste callar.

Luego, están las promesas. Promesas que nunca lo han sido porque se han desintegrado, la palabra ya no es lo que era. Promesas que te hacen sabiendo que jamás ocurrirá, promesas que ni se intentan cumplir, que fracasan, que se olvidan...

También están las mentiras. Las hay ingeniosas, piadosas, retorcidas... Las que no creemos y las que somos tan idiotas para creer. Las que se descubren, las que se entierran, las que se ignoran...Mentiras que no dejan de serlo. Quedan en la mente de uno, y solo las más poderosas quedan ancladas al corazón porque han tocado tu fibra sensible, esa parte que intentas ocultar, ese secreto que prometiste no contar.  Te mentiste al creer que no dirías a nadie tus secretos más profundos. Y confías en que esa persona te guardará el secreto, y quizás lo haga, pero te lo recordará siempre que tenga oportunidad, no importa que tu lo quieras olvidar, como otras tantas cosas, no. Esa persona se encargará de recordártelo cuando ya te hayas olvidado, y te lamentarás por haberlo contado, pero será tarde. Y ahora ya no solo tendrás que cargar con tu conciencia que lleva esos secretos, sino esa persona que se encarga de repetirlo una y otra vez. 

Entonces, nos ponemos a pensar y nos damos cuenta de que un año tiene 31 millones 530 mil segundos. 1 segundo: 1000 milisegundos:  1 millón de microsegundos: 1000 millones de nanosegundos. La única constante que conecta los nanosegundos  con los años, es el cambio. Pero  todos tratamos de luchar contra dichos cambios porque no nos gustan, nos asustan.  Por eso se ha creado la ilusión, donde se puede creer en un mundo en reposo. El mundo de "ahora mismo". Pero nuestra gran paradoja sigue siendo la misma, en el momento que cogemos el "ahora", el "ahora" ya se ha ido. Nos aferramos a las fotos, pero la vida está aferrada a fotos en movimiento. Cada nanosegundo es diferente al anterior. El tiempo nos obliga a perder, a adaptarnos, porque cada vez que parpadeamos, el mundo cambia bajo nuestros pies. Y por eso, podemos cambiar el mundo. Dejar de mentir y prometer, comenzar algo nuevo. Algo verdadero. Algo, que no nos desvele de un sueño. Algo que nadie pueda romper, dañar, que sea sólido y perdure.
El cambio no es fácil, con frecuencia es angustioso y difícil, pero quizás eso sea bueno porque el cambio nos hace fuertes y resistentes y nos enseña a evolucionar.