jueves, 20 de septiembre de 2012

No vivir, cosa de locos.

Pasa el tiempo, ves la gente caminar por las calles sin pararse, con la melodía  en tus orejas y unos cascos de adorno para la música, te sientas en un banco de la calle más transitada. Parece que nadie se da cuenta de dónde está y que hace, tiene horarios y cosas que cumplir, algo llamado rutina lo hace monótono.

Te paras a pensar si algún día perderás la noción del tiempo de una manera tan descontrolada, o sin embargo llegarás a disfrutar de cada décima de segundo de cualquier mínimo detalle. Si serás un gruñón o alguien dulce al que te apetece saludar todas las mañanas. Si te dejarás caer en algún vicio o mal hábito. O algo más sencillo como sonreír.
No te das cuenta pero te sumerges en un rincón de tu cerebro con un montón de ideas que te hacen dudar, y en ese momento te levantas del banco y empiezas a caminar, mirando sin mirar, oyes ruido pero no llegas a escuchar. [ Y es que una vez Frankin D. Roosevelt dijo: "Los hombres no son prisioneros del destino, sino prisioneros de su propia mente".]  En ese mismo instante, te vas convirtiendo en algo similar a ellos, en lo que no quieres ser, con tus cosas, programando lo que vendrá y previniendo todo. Pero la vida no se trata de organizar cada paso que vas a dar, porque te centrarás tanto en ese paso que olvidas el camino y el paisaje por completo; es mejor improvisar, darte cuenta de que si realmente lo que quieres es vivir y disfrutar de lo que la vida te dá, no te puedes quedar atrás, centrado en los pasos que das o en alguna piedra con la que te tropezaste y te hiciste daño.
La solución más abierta que conozco es de una frase que Henry Ellis pronunció, y es la siguiente: "Todo el arte de vivir consiste en una buena combinación entre lo que se olvida y lo que se conserva."



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