Y más allá del deseo, nace el amor. Amor que empecé a conocer y experimentar muy pronto. Amor que levantó alas, destrozadas, quemadas, ahuyentadas. Alas que ya no eran alas. Pero él, indiferentemente me enseñó a volar, a sentirle con el viento, a rozar el filo del fuego, sentir las estrellas en mi pecho. Él me enseñó fantasías de un mundo que no conocía.
Y el tiempo pasa, se hace largo y corto a su lado. Se hace extraño. Joven, con muchos proyectos en la vida, con ganas de vivirla y no perderse un segundo de ella, enamorada sin medida del joven que le robó esa vida que tanto quería. Ese anhelo, dejó de serlo. Había algo importante en aquellos recuerdos: una imagen. Una familia. Una vida. Un sueño. Un hombre. Mi propia vida.
Esa soy yo. Esperando ver pasar el tiempo, confiar que mi amor y el suyo serán eternos. Confiar que es algo verdadero, que no se diluye, que no tiene miedo de volverse loco y estúpido, que no se arrepiente, que quiere más y, sorprendentemente, tengo un amor perfecto. Alguien a quien aferrarme cuando quiero, alguien a quien ofrecerle como soy por dentro, que me conozca mejor que yo misma, alguien tan importante, que no me importaría dar la vida por él. ¿Por qué? Es ese amor loco y estúpido, que hace que sienta cosas insignificantes y a la vez placenteras, que hace que lo de todo, que disfrute de la vida, y todo eso que creía un sueño.
Con él todo es perfecto, con él todo será eterno.
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